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EL APRENDIZAJE ACTUAL

A partir de la comprensión de cómo funciona el cerebro humano, en la actualidad se busca mejorar los procesos de enseñanza y aprendizaje mediante la identificación de los distintos estilos de aprendizaje, con el fin de maximizar el desarrollo de las competencias cognitivas, intelectuales y emocionales de cada estudiante. En este enfoque, los alumnos son protagonistas de su propio proceso de aprendizaje. Así, la enseñanza implica generar los estímulos, las preguntas y los recursos necesarios para que el educando se sienta motivado e inicie activamente su aprendizaje.

Según el antropólogo Gregory Bateson y el especialista en Programación Neurolingüística Robert Dilts, los procesos de cambio que se producen en todo aprendizaje —ya sea escolar o vivencial— se dan en distintos niveles neurológicos.

El primer nivel es el contexto externo, es decir, el entorno en el que se interactúa y donde aparecen modelos o ejemplos a seguir. En este nivel, el aprendizaje puede modificarse por condiciones externas (por ejemplo, un cambio en la disposición de los bancos del aula).

Luego se encuentra el nivel de la conducta, el hacer, en el que se desarrollan habilidades y hábitos (por ejemplo, estudiar durante más tiempo). En este caso, el cambio es observable.

En un nivel más profundo aparece el descubrimiento de las capacidades y habilidades propias. Aquí lo central es el “poder hacer” (por ejemplo, desarrollar el pensamiento crítico), y el cambio es de tipo cognitivo.

Le siguen las creencias y valores que determinan las acciones: ¿por qué hago esto? En este nivel, la motivación, el sentido y las limitaciones internas son fundamentales (por ejemplo, pasar de pensar “no soy bueno para esto” a “puedo aprender”). El cambio en el aprendizaje se vuelve más profundo y emocional.

Posteriormente se encuentra el nivel de la identidad, es decir, la autoimagen como aprendiz: ¿quién soy? (por ejemplo, “soy una persona capaz de aprender”). En este nivel, el cambio es transformador.

Finalmente, se halla el nivel del propósito o la trascendencia, donde el sentido del aprendizaje se vincula con algo mayor: ¿para qué aprender esto?, ¿para quiénes tiene sentido? Aquí, el aprendizaje se orienta a generar mejoras en la sociedad.

De este modo, un problema en el nivel de la conducta no se resuelve eficazmente si se interviene solo en ese mismo nivel cuando su causa se encuentra en niveles superiores, como las creencias o la identidad.

Desde la neuroeducación, aprender implica modificar redes neuronales a través de la neuroplasticidad cerebral, proceso en el que intervienen las emociones, la atención, la memoria y el contexto social. Los niveles propuestos por Bateson y Dilts pueden entenderse como niveles de reorganización cerebral que generan cambios que van desde lo superficial hasta transformaciones profundas y duraderas.

De acuerdo con el entorno en el que se encuentra un estudiante, su cerebro activa los sentidos e influye en el nivel de alerta y atención. Si el ambiente es seguro, se regulan los niveles de cortisol; si es emocionalmente positivo, se libera dopamina. En cambio, si el entorno no es adecuado, el cerebro permanece en un estado de supervivencia y no aprende.

En el nivel de la conducta se activan áreas motoras y prefrontales del cerebro. El aprendizaje por repetición fortalece las conexiones sinápticas: se aprende haciendo, con práctica y retroalimentación inmediata. Así, la conducta consolida los aprendizajes.

Cuando se enseñan estrategias —y no solo contenidos— se promueve la metacognición y se desarrollan capacidades y habilidades, ya que se produce una integración entre la corteza prefrontal, el hipocampo y las redes ejecutivas. De este modo, el cerebro desarrolla funciones ejecutivas como la planificación, la atención y la autorregulación. El cerebro aprende a aprender.

Cuando se fomenta una mentalidad de crecimiento, se aprende de los errores y se aplica el efecto Pigmalión por parte del docente, se activan el sistema límbico y la corteza prefrontal medial. Las creencias modulan la motivación y la memoria, favoreciendo la liberación de dopamina. El cerebro no aprende aquello que cree que no puede aprender.

El lenguaje utilizado por el docente construye la identidad del estudiante y genera una integración emocional y cognitiva profunda. Reconocer al alumno como competente y utilizar un lenguaje positivo favorece aprendizajes estables y transferibles.

Relacionar los contenidos con la vida real y desarrollar proyectos con impacto social activa en el cerebro circuitos de recompensa profunda, liberando dopamina y oxitocina. El aprendizaje se vuelve significativo, ya que el cerebro aprende mejor cuando encuentra sentido.

No basta con cambiar la metodología del docente: también intervienen las emociones, las creencias y la identidad del estudiante, dado que el cerebro tiende a resistirse al cambio.

APLICACIÓN DEL ENFOQUE NEUROEDUCATIVO

Asignatura: Historia
Curso: 2.º año
Tema: Revolución Francesa

Objetivo didáctico:

Comprender la Revolución Francesa no solo como un hecho histórico, sino como el resultado de un proceso de transformación social, política e ideológica, con un fuerte impacto emocional.

Para ello, el entorno debe brindar seguridad emocional. En el aula, las normas de convivencia deben ser claras y basarse en el respeto mutuo. El docente puede iniciar con preguntas disparadoras como: ¿Qué harían ustedes si no tuvieran derechos?

Esto activa en el cerebro del estudiante la amígdala, la atención y la curiosidad. Para que se produzca la neuroplasticidad, es indispensable un entorno emocionalmente seguro.

Aprender haciendo historia implica considerar las conductas utilizadas, por ejemplo:

  • Elaborar una línea de tiempo de manera colaborativa.
  • Realizar dramatizaciones breves sobre los intereses de la burguesía y los campesinos, o sobre el accionar del rey Luis XVI.
  • Analizar imágenes y fragmentos de documentales.

Estas estrategias de enseñanza enriquecidas activan áreas motoras y sensoriales del cerebro y, mediante la repetición significativa, fortalecen las conexiones sinápticas. La acción fija el recuerdo más que la memorización pasiva.

Luego se busca el desarrollo de capacidades vinculadas al pensamiento histórico. Para ello, las estrategias deben apuntar a:

  • Enseñar explícitamente causas y consecuencias, cambios y continuidades, y promover la empatía histórica.
  • Comparar el pasado con el presente.

Así se produce una reorganización de las redes neuronales al activarse la corteza prefrontal junto con el hipocampo, desarrollando funciones ejecutivas y metacognición.

Posteriormente se trabaja sobre las creencias y emociones del estudiante, y se refuerza la idea: “Puedo entender historia”. El docente debe validar las emociones (por ejemplo: “Es normal que esto genere rabia o tristeza”) y destacar que los errores son parte necesaria del aprendizaje. La emoción y la dopamina mejoran la memoria y, junto con creencias positivas, consolidan el aprendizaje.

Para fortalecer la identidad de sujeto histórico, se propone una actividad escrita en primera persona en la que los estudiantes expliquen qué harían si vivieran en la Francia revolucionaria. Luego se realiza un debate en el que cada alumno adopta una postura. En este proceso se activan las redes del “yo”, y el aprendizaje se profundiza. La historia deja de ser algo lejano o aburrido y se vuelve significativa.

Finalmente, se aborda el propósito: ¿para qué aprender Historia? El docente debe conectar pasado y presente mediante preguntas como: ¿Qué derechos actuales surgieron de ese proceso revolucionario? ¿Para qué sirven hoy?

Como cierre, los alumnos pueden realizar un podcast o video con impacto social a modo de reflexión. Esto genera motivación intrínseca, mayor liberación de dopamina y una neuroplasticidad sostenida, favoreciendo aprendizajes duraderos.

DESBLOQUEO EMOCIONAL

1. Identificación de la emoción predominante

¿Qué emoción siento hoy?

2. Diferenciación entre emoción y estado de ánimo

Las emociones son temporales. A través de la liberación de neurotransmisores, ciertas sustancias químicas viajan por la sangre hacia el cuerpo y el cerebro, generando una memoria emocional que, con el tiempo, puede dar lugar a patrones de conducta determinados.

Los estados de ánimo son el resultado de haber sostenido durante demasiado tiempo una emoción que no fue expresada ni atendida. Esto termina influyendo en el carácter de la persona y favorece la formación de hábitos.

Preguntas orientadoras:

  • ¿Desde cuándo te sentís así?
  • ¿Cómo se vive esa emoción en tu familia y en tus vínculos?
  • ¿Qué hacés para permanecer en ese estado?
  • ¿Qué beneficios, conscientes o inconscientes, tiene quedarte en ese lugar?


3. Reconocimiento de la emoción

  • ¿Cómo se manifiesta en mi cuerpo lo que siento?
  • ¿Qué me enseña esta emoción? ¿Para qué aparece?


4. Autoconciencia: aceptar sin juzgar

La autoconciencia implica observar sin juzgar. Es fundamental prestar atención a los pensamientos y a las palabras que utilizamos.

  • ¿Qué historia me cuento detrás de esta emoción?
  • ¿Cuáles son los hechos reales?
  • ¿Cómo puedo expresar lo que me sucede de manera clara y efectiva?

Reconocer que las palabras tienen poder: generan confianza y construyen realidad. Si no son necesarias, buenas o constructivas para nadie, es preferible dejarlas atrás.

Evitar conclusiones apresuradas. No confundir a la persona con la acción. Practicar el reconocimiento personal.

5. Autoafirmaciones

Las autoafirmaciones deben ser positivas, realistas y creíbles para quien las formula.

Ejemplos:

Las autoafirmaciones deben ser positivas, realistas y creíbles para quien las formula.

  • Elijo asumir la responsabilidad de mi realidad.
  • Tengo los recursos internos para avanzar y lograr lo que quiero.

El uso de afirmaciones:

  • Activa redes neuronales asociadas a la autoimagen, la motivación y las emociones.
  • Repetidas con constancia, favorecen la creación de nuevas conexiones neuronales gracias a la neuroplasticidad cerebral, reprogramando la forma en que la persona se percibe a sí misma y al mundo.
  • Activan regiones del cerebro vinculadas al autocontrol y la regulación emocional, como la corteza prefrontal.
  • Contribuyen a reducir el estrés y a generar una sensación de calma.

Las afirmaciones realistas aumentan los niveles de dopamina, promoviendo la motivación y el placer. El cerebro tiende a centrar su atención en aquello en lo que se enfoca (atención selectiva). Por ejemplo, al repetir “soy capaz”, la mente comienza a identificar más evidencias de esa capacidad, reforzando la creencia.

En síntesis, el uso consciente de afirmaciones mejora la autoestima, aumenta la motivación, ayuda a enfrentar miedos, favorece el enfoque en objetivos y contribuye a la formación de hábitos positivos.